DEL MONUMENTO A LA CIUDAD: UNA MIRADA A LA VALORACIÓN PATRIMONIAL MÁS ALLÁ DE LA MONU-MENTALIDAD
El lugar del patrimonio urbano en medio de un mundo global
Las profundas transformaciones del mundo actual y sus exigentes demandas de bienes y servicios que en todo respondan a la velocidad (paradigma fundamental de nuestra época), hacen que nos preguntemos, desde nuestro particular interés, por el destino de lo patrimonial, por la relevancia de su presencia y por su papel en esta feria de racionalidades que, paradójicamente, entra a caracterizar el nuevo orden urbano global. La aparente contradicción no se deja esperar: por un lado tenemos la paulatina instauración de un orden hegemónico global amparado en un único principio: la homogeneidad (de significados, de valores y de lenguaje, para no hablar de la anhelada indiferenciación espacial que tiende a uniformizar los diferentes contextos) y, por otro, tenemos el aullido de los particularismos, el estridente grito de lo local que clama por un espacio, por defender su pequeño reducto de identidad. En este contexto preguntaríamos: Qué es lo que, en definitiva, nos puede caracterizar? Qué es, en consecuencia, lo que, por retratarnos, en verdad vale la pena conservar? En el mismo sentido, y pensando en el futuro . Qué es lo que, por caracterizarnos de la mejor manera deberíamos legar? A fin de cuentas, el patrimonio no sólo es algo que se lega sino que es algo que, por demás, se construye. Por otra parte, la emergencia contemporánea de la ciudad y su incontenible desbordamiento que responde al propio desbordamiento de lo urbano en cuanto tal, nos hablan de un nuevo marco para la valoración patrimonial en el cual la contracción del espacio, inversamente proporcional a la expansión del tiempo en el cual se inscribe la velocidad, aportan un escenario más móvil, inaprehensible y flexible que el de la ciudad clásica de la modernidad; por todas partes, particularmente en la megaciudad, encontramos fragmentos de ese universo roto que espacial y conceptualmente la entran a caracterizar, son los “nuevos monumentos” de la contemporaneidad hechos de humo y de viento, hechos, como todo hoy en día, para no durar; su naturaleza, que de cualquier forma responde a un determinado Zeitgeist [1] no puede, por lo mismo, atender más que a lo efímero. Cómo no reconocer aquí un nuevo carácter para el bien patrimonial? La ciudad actual, ciudad de bricollage hecha de líneas, de flujos, de encuentros y de futilidad ha demostrado el insondable abismo que existe entre el tiempo y la duración, la elongación no es posible porque nadie cree en la duración; la realidad ha perdido su estatuto, lo sólido se ha transmutado en gas; la alianza entre el consumo y los medios de comunicación han resaltado por todas partes el triunfo de la levedad . Qué es, entonces, lo que debemos conservar y, más aún, legar como prueba de aquello que ya no somos? A fin de cuentas, dentro del cambiante mundo de hoy y su paulatina pérdida de referencias, uno de los temas más recurrentes, particularmente en el estudio de la ciudad, es el que tiene que ver con la preservación de su patrimonio, particularmente en lo que respecta a las diferentes razones que se argumentan en una u otra dirección relativizando su idea de valor. Para algunos, el patrimonio debe ser conservado porque exalta, casi de manera ontológica, la memoria de un territorio dentro de su devenir histórico y, por tanto explica el modo de darse del mismo en atención a lo que expresa su más recia y, si se quiere, “prístina” identidad (si es que eso es posible): lo que un pueblo o colectivo es en sí mismo. Aquí el patrimonio nos lega un imperativo y, por tanto, un principio moral: el de ser de una u otra manera en atención a aquello que heredamos y que, en consecuencia, nos determina de tal o cual manera.
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